sábado, 27 de abril de 2013


Armando González Ruiz

Al verme “rechoncho”, con piernas cortas, me he preguntado muchas veces, cómo es que aquel “peonzo” podría haber crecido tanto, hasta 1,76, y haber practicado algunos deportes. Cuando empiezo a obtener “visiones” de mi propia creación mental, tenía cuatro años. No pegaba ni a los botes de tomate que había por la corralada de nuestra casa ruilobense, ni a las piedras de las camberas de Liandres. Comía mucho. Me entretenía llevando maiz a las gallinas. No había visto ni una pelota.

A los siete seguía rubito, bien mandado y chutador de los botes, rompiendo los zapatos flamantes marrones con suela de “cerdo”, mientras me trasladaba, ida y vuelta, a la escuela de Sierra, donde demostraba que no era mal estudiante y que abusaba de ser muy independiente, un solitario juguetón en los agujerillos donde moraban los grillos para que salieran a la superficie a base de “pis”. Se jugaba al pañuelo, a la peonza, al corrillo y nada a la pelota.



A los ocho años, cuando hice la primera comunión, mi prima Teresita me compró la primera pelota de goma con la que nos entreteníamos los tres hermanos y muchos amigos del pueblo hasta que la rompíamos y teníamos que parchearla para seguir jugando sorteando las piedras de nuestro “campo de fútbol” del Pilar, en nuestro pueblo de Liandres.

Comenzaba a romper las alpargatas de la época y jugar partiditos con fuertes contusiones en las piernas que mi madre me curaba con la “salmuera milagrosa”.

Ninguno de estos años salimos con gran entorchado, pero lo que sí tuvimos fueron “muchas laureadas” de los propietarios de los prados donde nos metíamos a jugar.

Atrás, Ruiloba, y a los once abriles, a Santander. Llegaba con ideas futbolísticas. En los tres cursos que estuve en el colegio de los Salesianos empecé a gestar mis botas de oro en el deporte de forma ininterrumpida. Formé parte del equipo oficial de fútbol de primero de comercio con los Maza, Balbuena, Gambarte, García, Santiago, Marquitos, Soberón, con los que obtuve el primer triunfo de un torneo interclase, para en el segundo año erigirme en uno de los pioneros del baloncesto en el patio de arriba, sobre el adoquinado, y todo como consecuencia de que todas las tardes jugaba en los Kostkas con el hermano Benito, el “secre” del distinguido padre Vela. En la “Congre”, quedamos campeones con el equipo de Los Wallones. Lo que más me gustaba era el fútbol. Era el “pulmones”, corría y corría sin parar. Tenía tiempo para cualquier deporte y especialmente los bolos, quedando impresionado de un emboque que logró desde dieciséis metros el as de entonces, Maza.



También hacía algunas salidas en bicicleta subiendo la Atalaya, pero se me daba muy mal el “escalar” y muy bien, porque no era necesario esfuerzo, el “descender”.

En 1945, con segundo de comercio en los Salesianos, quedando campeones de fútbol en el torneo interclases, que aún guardo como gran reliquia. Jugaba a las damas, no lo hacía mal al ajedrez… Tres años de bellos recuerdos, saliendo del colegio con unas ideas bonitas que me serían básicas en mi futura vida de persona.
Ya rompía pares y pares de zapatos botas jugando en la calle Ercilla a meter botes y “pellejos” de naranjas en las alcantarillas, que eran nuestras porterías provisionales. Si hablasen las alcantarillas de Tantín, Ercilla, San Celedonio, la cuesta de la Atalaya

Y por el mar y su “navegante”, mi padre, nos fuimos los cinco hermanos con mi madre, “la coronela”, a Bilbao. Fuimos varios hermanos los pioneros del basket en el Colegio Santiago Apostol de las Escuelas Cristianas. Campeones escolares en 1947, y el inicio de la época baloncestista, aunque jugara al fútbol con la selección del colegio y entrenaba a chavales de primero y segundo de comercio en el baloncesto. Tenía en mi interior una madera especial de iniciador deportivo y practicante, logrando el título en baloncesto y atletismo escolar. Fui maestrillo de “internacionales” con el tiempo, como Urquiza y Emiliano.

Temporada 1948-49. Los cinco hermanos en el Dobel. Unico equipo mundial oficial compuesto por cinco hermanos que son de Santander.



Juan Etelvino, Roberto, César y Armando, llevábamos de “calle” el baloncesto con presencia de dos mil espectadores, con títulos, con resonancia mundial, con muchas poses fotográficas, con mucha aceptación por las féminas, con grandes amigos montañeses como Angel Fernández, Cámara, Bárcena, …; con giras, con partidos benéficos y con publicación en el Guinnes. Quedó descrita una de las etapas más formativas del basket con nuestro equipo y el desarrollo a escala nacional. La pena fue que al año siguiente nuestro equipo se deshizo por lesiones, por dificultades de estudio, por servicios militares, aunque cada uno seguiríamos el rumbo de otras formaciones donde se cosecharon éxitos. Campeones de Vizcaya de Copa y un largo etc.

Servicio militar, cambio de vida, menos deportes, oposiciones, estudios de idiomas y modesto trabajador de una pionera empresa de transportes de películas, teniendo tiempo para jugar al fútbol en el regional del C. D. Amorebieta y pisar San Mamés.

Metido en el mundo del deporte, era requerido para todo, y especialmente por un gran amigo, Acosta, para ser secretario de la Federación Vizcaína de Béisbol, en donde obtuve el primer título nacional, aunque fuese delegado con el equipo del San Judas, en Valencia, en el año famoso de la “gripe asiática” y de las inundaciones.



En 1955, con 22 años, era un torbellino de actividades que me hacía multiplicarme en entrenar a equipos femeninos, dedicar muchas horas a las retransmisiones deportivas a través de Radio Juventud de Vizcaya, emplear gran tiempo a mis negocios deportivos, como deportista para el comercio en lugar de comerciante para el deporte, gozar como pionero de la primera retransmisión del baloncesto en Vizcaya, poseer voluntad y valentía para todo.

El orgullo y la vanidad de las personas están colocados en primera fila en la mayoría de los casos en la propia personalidad de cada uno y no podía ser yo una rara excepción. Aún tenía mucho que zapatear.

Ayudé en mi carrera solitaria y desinteresada a la creación e introducción del balonmano a siete en Vizcaya, fui nombrado presidente de la F. Vizcaína de Patinaje, con la organización del campeonato de Europa en Bilbao, un deporte que me había apasionado siempre y que vi el primer partido a través de un agujero que hice en la pared de las instalaciones de Jolaseta, sin la vigilancia de la autoridad, desarrollo en el bowling  americano, patrocinador de equipos de varias especialidades,…



Concluida la etapa vasca, en 1960 comienza la santanderina y cántabra; me enfrentaba a un nuevo ritmo y rumbo con la “agradable consecuencia” de que hasta el día que me casé tuvo que ver con el deporte, por cuanto el sacerdote y amigo Uranga, que celebró nuestra ceremonia, fue interceptado por la Vuelta a España en Puente Arce y llegó como una hora y media más tarde a Santa Clotilde, donde todos le esperábamos como “agua de mayo”.

Hockey sobre patines, baloncesto como entrenador, federativo, creador de equipos como el Horno San José con las cinco hermanas Díez Prieto, asesor del primer equipo del Bansander, presidente del Club Hesperia, entrenador  nacional de la primera promoción, fundador de varios clubes, presidente de peñas, instaurador del primer reglamento de competiciones de caballos, amante por los hombres olímpicos como Javi Martínez y Luis Salgado, “ciclismo de mis amores”, donde he hecho de todo, desde presidente de peña, organizador del Campeonato de España y muchas pruebas, vicepresidente de la FCC, colaborador de prensa y radio, distinciones y distinciones y editor del “Libro de los Mundiales de Fútbol 1982” y del de los Juegos Olímpicos, amén de coordinador del “Libro de los Bolos”, de Julio Braun.



En ratitos, viendo todos los deportes; ayudando en lo que se puede.

Estoy en las bodas de oro de mi deporte, del que creo que es el mío y cómo se hace.

Trabajar por el deporte es fácil decirlo, pero cumplirlo es difícil y poco creíble que se hace por amor al arte…, el mí arte, es por la juventud y por su desarrollo. Soy y seguiré siendo deportista de retaguardia.

El mundo cambia que es una barbaridad. Modestamente en el deporte no es mi lema. No he cambiado en absoluto. Aquel chico joven que empezó sus andaduras en Ruiloba, con “caracolillos” en su pelo en sus edad media y sin cabellera central en estos momentos, ha dejado su vida por la familia y por deporte. Así de fuerte y sincero. Jamás me he encontrado desilusionado. Mientras exista juventud, existirá Armando en el deporte.

Las bodas de oro están bien festejarlas, pero lo interesante es no abandonar.



No lo haré. Mi madre, que aún vive en Ruiloba, puede decir con toda sinceridad: “A mi hijo Armando, nadie le hará cambiar en su idea de trabajar en la oscuridad por el deporte.”


22 de Mayo de 1994

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